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Corrupción en el Hospital de San Carlos

 José Carlos Fernández Fernández.
Marcos Fernández Martínez.
Juan A. Vijande Fernández.
Jesús Jaén Serrano.

En la sesión del 21 de abril de 1811, denunció el diputado Esteban Gómez, que los heridos de la gloriosa acción de Chiclana, así como los soldados enfermos que existían en el Hospital de la nueva población de San Carlos, en la Isla de León, perecían por falta de alimentos, y era una ignominia para España, que aquellos valientes que no habían muerto en el campo de batalla, en el que derramaron sangre para liberar a su Patria del enemigo, se vieran condenados  morir de hambre en un hospital. Con este motivo solicitaba que se pasase un oficio al Tesorero general, para que dijese qué cantidades había destinado a estas atenciones, y que sin dilación alguna, fuese una Comisión del Congreso a enterarse de la situa­ción en que se hallaba aquel establecimiento.

Sobre este particular hablaron los diputados Villanueva y Ostolaza, presentando el primero dos proposiciones, y haciendo el se­gundo amargas consideraciones sobre el servicio de aquel Hospital, del que con general indignación se había ocupado la prensa, publicando El Conciso de 20 de Abril, el siguiente comu­nicado que firmaba el médico D. J. A. Villarino:

"Aviso a los hombres sensibles.—en tanto que las mesas de los Gobernado­res, de los Ministros, de los opulentos comerciantes, de los hacendados ricos, etc., se cubren ocho o diez veces de los manjares más raros y exquisitos; en tanto que en las copas se vierten los licores más suaves y costosos; los militares enfermos, la parte más ilustre y escogida del pueblo español, los mismos que el día 5 sellaron con su sangre en los campos de Chiclana su odio a la tiranía, y su amor a la libertad de su patria, yacen postrados en el lecho del dolor, desamparados y olvidados en este hospital militar, donde hoy han muerto algunos desfallecidos por falta de alimento; pues hace tres días que carecen de carne, pan, vino generoso, vinagre para sinapis­mos (desinfección), leña para la cocina, luz; y ni aún toman medicamentos recetados, porque no hay vasijas en que dárselos, etc. hombres sensibles, ¡podéis consentir tal afrenta! los que os defienden, los que os guardan vuestras casas, los que os conservan vues­tras esposas, vuestros hijos, vuestras haciendas... perecen de hambre entre los dolores de las heridas adquiridas en el campo de la gloria, y los aullidos (sic) de la rabia que les escita (sic), vuestra ingratitud. - Hospital Militar de San Carlos 15 de abril de 1811. - A. Villarino.

SAN CARLOS

Este periódico abrió una suscripción en sus columnas, cediendo el importe íntegro del número correspondiente al día 21, que se publicó con el encabezamiento correspondiente a la humanitaria y benéfica idea, el producto total, que fueron doce mil reales, le fue entregado al diputado Villanueva.

Los diputados dieron un ejemplo plausible secundando la causa, pues en plena se­sión, después de la declaración de Ostolaza, pidió Morales de los Ríos, se hiciera una derrama, aportando él veinticinco doblones, a cuya iniciativa respon­dieron: Uría, con cien pesos; Martínez de Tejada, dos onzas; Golfín, otras dos; y Pelegrín, mil reales, solicitando que inmediatamente se arbitrase un medio para conseguir dine­ro, pues ya no se podía acudir a nuevas contribuciones, por estar agotados todos los recursos, y porque la caridad gadi­tana, con ser tan grande, había dado todos sus óbolos, espe­cialmente el pueblo; esa clase noble, donde parecía recon­centrada el alma nacional para prodigar sin tasa su vida y haciendas, mientras algunos adinerados, cuya riqueza radi­caba en buenas fincas o dinero constante, y por lo tanto no era ostensible, escatimaban sus dádivas, llevados de su codicia.

A éstos dirigió el efusivo dipu­tado Octaviano Obregón, Oidor de Méjico, las siguientes palabras: «Búsquese el dinero; hágase una visita domiciliaria, y al que lo tenga, sacárselo, que si acaso no lo tiene en efectivo, lo tendrá en letras sobre Londres u otros Bancos extranjeros, donde sin publicidad puede ir haciendo efectivos sus cuantiosos rédi­tos... A grandes males, grandes remedios. ¿Como es posi­ble, Señor, que haya hombre que tenga un millón de duros y no se ablande viendo morir tantos infelices? ¿Qué es esto? ¡El egoísmo!, ese veneno social que endurece el corazón de todos los que poseen riquezas, haciéndoles insensibles a las desgracias de los pobres defensores de la patria... Mientras ellos nadan en el oro y se regalan en opíparas mesas, con ricos manjares y licores exquisitos, nuestros hermanos, los verdaderos españoles, los defensores de nuestra libertad y nuestras tierras, de nuestros derechos, y de nuestras vidas, perecen en el lecho del dolor».
Estas palabras, y la certidumbre de que no existía exage­ración en la nota horrible hecha pública, y que el hambre y el abandono reinaban allí, donde también reinaba la riqueza, levantó unánime condenación en los oradores

SAN CARLOS CAPILLA

Aner de Esteve, declaró terminantemente “que si el ejército se sostenía en las provincias, era tan solo por la humanidad de los vecinos, muchas veces los más pobres, que ayudaban a su vestuario y alimentación. Que no había ne­cesidad de acudir a suscripciones, pues en un país, que si­no con abundancia, tenía recursos, era vergonzoso descen­der a estos medios. Que lo urgentísimo era implantar de una vez para siempre el único método posible de acopio en aquellos trances, que consistía, en tomar los auxilios donde se hallasen, sin más contemplaciones, y así debía decirse al Consejo de Regencia: que si llegaba el caso de no tener con que socorrer las necesidades del Hospital, echase mano de todo lo que hallase, ya fuera en la Isla de León, ya en la plaza de Cádiz. Otro diputado, Polo, dijo que así se había hecho en Zaragoza, durante el sitio, pues cuando peligra la Patria, si los riesgos eran comunes, comunes debían ser las comodidades.
 
El gran Villanueva, quiso entonar un cántico a la caridad oficial, recordando tiempos suyos cuando dirigió el Hospital General de Madrid, sin oponerse por ello a ciertos procedi­mientos que él denominaba principios del derecho natural; pero estaban los ánimos caldeados, y encima el invencible Argüelles, apoyó la proposición de Aner, junto al General Laguna que dijo que el obstáculo para las dádivas no estaba en el pueblo, ni en la clase media, que siempre habían acudido con su dinero, y se prestarían gustosos a continuarlo con ropas, colchones, y hasta con la camisa única que les quedaba, sino en cuatro o cinco señores gordos que tenían el dinero estancado y neutralizado, a los que no había otro medio de sacárselo, sino a la fuerza, ya que su egoísmo y avaricia les impedía darlo o prestarlo de buena voluntad, y se hacían sordos a los clamores de la Patria.

SAN CARLOS ENTRADA

Con objeto de informar cuanto hubiera de proveerse sobre tan grave asunto, fueron comisionados para realizar una visita de inspección en el Hospital, los diputados señores Esteban y Villanueva.

El Congreso llegó al penoso convencimiento de tener que empezar a castigar sin contemplación el egoísmo, muralla inabordable que detenía la voluntad para los sacrificios. “Había una desigualdad insultante, que era pre­ciso atacar sin detención, pues la pobreza cundía, y era tan grande, que hasta la clase militar que no estaba con las armas en la mano, dejaba de cobrar sus haberes, o lo hacía con enormes descuentos, en beneficio de los que se batían o yacían en los hospitales, mientras en los centros civiles vivían en prosperidades y calmas, sin escatimar los destinos ni rebajar las dietas de sus empleados”.

La comparación era odiosa, pues cuando el Capitán General del Ejército D. Martín Álvarez de Sotomayor y Flores, Conde de Colomera, con cerca de 80 años de servicios, solo te­nía de sueldo al año doce mil reales con descuento; Antonio Miñano, vocal jubilado de la Junta de Madrid, había obte­nido permiso del Consejo de Regencia para establecerse en Cuba, con el goce de cuatro mil pesos fuertes anuales,  ¡200.000 reales! Es decir, que este vocal cobraba en un mes, 16.700 reales, más que el General en un año; y además allí usaba a diario la banda roja de su antiguo distintivo, haciéndose a dar por todos el tratamiento de «Excelencia». El Congreso ordenó por unanimidad el 15 de Marzo, al Gobernador General de Cuba, que no gozase honores, tratamiento, ni continuara con la pensión de los cuatro mil pesos fuertes aquel señor jubilado, para cuyo cinismo tuvieron todos expresiones duras y desapacibles.

El General, Conde de Colomera, viajó por las Cortes de Europa, siendo en la de Prusia enviado extraordinario cerca del gran Federico, del que recibió en obsequio para Carlos III, una marcha majestuosa que gustó tanto al Rey, que con el título de “Marcha Real” la adoptó en España para rendir los honores a las regias personas, marcha que hoy es nuestro himno nacional.

SAN CARLOS FACHADA

Al Conde de Colomera le ocurrió en aquella Corte una célebre anécdota con el Rey de Prusia, pues al pedirle la táctica, reglamentos y demás prescripciones con que se instruía el ejército prusiano, que tanto le había llamado la atención, por su marcialidad, pre­cisión en los movimientos y estado de brillantez, le contestó que la táctica era española y la había aprendido en las Reflexiones Militares, del Marqués de Santa Cruz de Mar­cenado; quedando nuestro General sorprendido y a la vez, en poca airosa situación, por desconocer, como todos sus contemporáneos en España, una obra de un compa­ñero de tanto relieve; siendo a esto debido que a la importante obra de D. Alvaro de Navia y Osorio, se le diera en nuestro país la importancia que su mérito merecía.

El día 23 de abril, se dio lectura en las Cortes del informe presen­tado por los diputados Villanueva y Esteban, sobre su visita al Hospital de San Carlos, del que se desprendía la existen­cia de la más vergonzosa dilapidación de caudales, por los empleados de la Real Hacienda, con el más punible de los abandonos en todos los servicios del Establecimiento. Según los datos que se acompañaban, había oficiales de baja en las Salas, sin conocimiento de los facultativos. Los haberes y suministros que no se distribuían por completo, queda­ban a beneficio de los empleados. Estando dispuesto que los sanitarios socorriesen a los enfermos el día de su entrada en el hospital, se les cargaba además por el Contralor, una o media ración que no recibían.

Los soldados enfermeros, figuraban como rebajados para el goce de raciones y deven­go de estancias, además de cobrar su sueldo a los regimien­tos, y era tan crecido el número, que habían llegado a ser una tercera parte del total de los hospitalizados. A los enfermos no llegaban nunca, o muy rara vez, los huevos y bizcochos, que se abonaban por completo en las raciones y dietas, quedando su importe a beneficio de los empleados de la Real Hacienda. Cuando se recetaba jamón en vez de gallina para los caldos, como no podía hacerse el cambio porque la gallina no existía, se ponía un poco de tocino fresco, que aunque era dañino para los enfermos, resultaba más barato para los malversadores. Las raciones de vino generoso (más recio y más añejo que el común) y de aguardiente, que satisfacía el Erario por medidas regulares, eran cambiadas por líquidos que no eran gene­rosos y en medidas mermadas.

SAN CARLOS

No había ración de carne que no tuviera más de una tercera parte de huesos, debido principalmente a que los cuartos traseros y delanteros de las reses, y sus lomos, se los comían los Contralores, Inspectores e Intendentes, que no tenían derecho a ración alguna, y sólo dejaban a los pobres soldados, las osamentas, piltrafas, y carnes de otros sitios no tan substanciosos. Las quejas de los facultativos contra la mala administración, como las de los enfermos, por el mal trato, no eran atendidas nunca, y si se trataba del vino o el chocolate, que se suministraba siempre adulterado, se hacía valer la presencia de las muestras que se tenían al efecto. El escandaloso robo era tal, que de doscientas cin­cuenta gallinas que habían remitido desde América, las personas caritativas para los soldados heridos, no había llegado NI UNA SOLA a sus estómagos. Jamones enteros se habían visto pasar desde la despensa del hospital a casa del Contralor.

Cuando el Consultor, o el médico más antiguo, se negaban a firmar los estados mensuales que justificaban estos robos, por no constarles el consumo de nada, o de muy poco de lo que en relación se ponía, se les amenazaba con privarles del sueldo, como algunas veces se había verificado, y los estados iban de todas formas a la Hacienda, para el crédito de las cuentas. Los criados de los empleados eran soldados rebajados por enfermos, que tenían su estancia como tales, de donde se deduce, que ser­vían a costa de la Patria a aquellos estafadores. De tal modo se había hecho legal el fraude, que el Inspector del Hospital D. Juan Fuelles, mientras lo fue, tenía velas en abundan­cia, y cuando dejó el cargo, no reparaba en decir: “que ya no tenía tantas, porque no era inspector del Hospital”.

Para tener idea de por qué el fraude estaba tan extendido, descarado, y casi legalizado, solamente hay que echar un vistazo al Reglamento de Hospitales de Pla­zas y Ejército de 8 de Abril de 1739, que entonces estaba vigente, en el que se declaraba exento de responsabilidad e intervención en los consumos, al Comisario inspector, el que, por lo tanto, que­daba autorizado para cargar cuanto quisiera, debiéndose pasar por solo su firma. Bajo este plan estaba gobernado el Hospital Militar de San Carlos.

Los Sres. Villanueva y Esteban, terminaban su informe pidiendo el cese inmediato de todos los empleados de R. Hacienda en la administración y gobierno económico del Hospital, encargando por el pronto la superintendencia y dirección del mismo, a los eclesiásticos que fueran más re­comendables por sus virtudes, y que este Hospital como todos los demás del ejército, en que hubo y había iguales o mayores desórdenes, se pusieran bajo la inmediata inspec­ción de las Juntas provinciales, a las que debía ordenar el Consejo de Regencia nombrasen para los oficios de Contra­lor, Comisario de entradas, enfermeros y demás cargos, a clérigos regulares o seculares de conocida virtud e ilustra­ción, que además de ser estos destinos propios de su carácter, serían servidos a porfía, sin gastos y con la mayor pureza y desinterés, todo conforme a lo que se había dispuesto en el reglamento provisional, para las Juntas de provincia.

Solicitaban al propio tiempo, que al Subinspector del refe­rido hospital, D. Juan del Cid, se le mandase dar cuenta inmediatamente de las cuatro mil camas nuevas y comple­tas que depositaron en su poder en Aracena, y de la causa porque no las trajo, habiéndole ofrecido los auxilios nece­sarios el Comandante de Armas. También daban noticia del entusiasmo de la población de San Carlos, cuando supo que el gobierno iba a intervenir en la inspección del Hospital, ofreciendo espontáneamente su Junta, hasta 50.000 reales como primer donativo, demostración palpable de que el re­traimiento de la caridad, era solo por las irregularidades que a sabiendas se cometían en aquel establecimiento. Un veci­no de la Isla, llamado Ricardo Meade, comerciante y contratista del Estado, ofreció de su peculio 40.000 reales, diciendo, que aunque extranjero, deseaba tener parte en el socorro de nuestros soldados.

Qué de abusos, robos y escandalosas irregularidades no habrían cometido aquellos empleados de la Real Hacienda, cuando pareciéndole poco lo denunciado, aún añadía Villanueva: «Quisiera en este momento no hallarme revestido del carácter sacerdotal, para hablar con la libertad que me inspira mi celo... varios médicos nos aseguran haber in­fluido la falta de buenos alimentos en la acelerada muerte de algunos dignísimos militares. Si hubiera nacido esto de la escasez de fondos, lloraríamos la desgracia como una calamidad con que Dios nos afligía; mas procediendo de malversación de caudales, ¿cómo es posible que V. M. lo mire con indiferencia?»
Éste diputado se estaba dirigiendo a las Cortes, a quien se le debía el tratamiento de Majestad. ¡Cabe mayor indignidad en las mismas! Pero sigamos leyendo que todavía no hemos tocado techo en lo referente a la miseria humana.

A renglón seguido, describía la estrechez y peligro con que estaban instalados los oficiales heridos, por ocupar su hospital el piso inferior del Colegio militar de cadetes, (edificio Carlos III de la actual Escuela de Suboficiales) no siendo posible allí la estancia de ningún enfermo, por el continuo ruido en los techos, provocados por las carreras de los alumnos, culatazos de las armas, griterío y regocijos en las horas de recreo, a más de tener como vecindad inmediata el vertedero de las cocinas y los lugares comunes, todo al lado de aljibes, cuyas aguas casi estaban corrompidas.

El dictamen de la Comisión de salud pública leído a con­tinuación, haciéndose cargo de las reflexiones hechas por los diputados, indicaba como uno de los más eficaces reme­dios, el pronto y ejemplar castigo de los culpables, y com­prendiendo, que solo una buena reglamentación del servicio de hospitales, podía terminar con estas corruptelas del viejo régimen, prometía acelerar las instrucciones que en estudio tenía, dando por lo pronto reglas prácticas para evitar tan escandalosos abusos, aprobando lo expuesto de que las Juntas provinciales corrieran con estas atenciones, compren­diéndose el territorio de la Isla en el distrito de Cádiz, al que se incorporaría un vocal nombrado por aquella. Propo­nía por último, que una vez por semana fuese un diputado a efectuar la visita de enfermos, para cerciorarse e informar al Congreso del buen o mal tratamiento que se daba a todos.

La Comisión de justicia prejuzgaba indispensable la for­mación de expediente para la investigación de los hechos denunciados, considerando aventurado tomar providencias definitivas. Estimaba que el Consejo de Regencia debía nombrar dos jueces: togado el uno, y el otro un oficial de graduación, que pasaran a la Isla a practicar las diligencias, con citación del Procurador Síndico de aquella villa, para dar más solemnidad al proceso, no introduciendo mientras tanto variación alguna en el régimen del establecimiento.

Este dictamen incomprensible, después de la evidencia del escándalo, produjo en la Cámara una de las más vio­lentas discusiones, combatiéndolo Mejía, Dueñas, Caneja, Argüelles y Toreno, en atinados discursos, a los que puso digno epílogo la acerada palabra del General Laguna, di­ciendo: «Hágase más y háblese menos. Yo veo que a un oficial de mala cabeza, o que malversa el dinero del soldado, se le forma sumaria, y se le priva del empleo inmedia­tamente, o se le manda a Ceuta. Pero veo al mismo tiempo a esos empleados, que en tres o cuatro años se hacen con muchos millones, y compran casas, mientras yo con treinta y dos años de servicio jamás he tenido un real. ¡Así pido, que a todos esos empleados se les ponga en prisión inmediata­mente, mientras se averiguan sus delitos, y que se les ali­mente sólo con las tazas de caldo que han quitado a los en­fermos! »

El impetuoso orador fue interrumpido por los aplausos del Congreso y de las tribunas, que se levantaron con protestas unánimes; y puestas las proposiciones a votación, se acordó: “La separación de la administración y gobierno económico del Hospital, de todos los empleados de Real. Hacienda, que tan mal habían correspondido a la confianza de la Nación. Nombramiento de un juez para la competente causa que debía sustanciarse en el término de treinta días. Que el Subinspector de dicho Hospital Juan del Cid, diese inmediatamente cuenta de las cuatro mil camas nue­vas y completas, puestas a su cuidado en la villa de Aracena. Y que los Sres. diputados Villanueva y Esteban, volvie­ran a la Isla de León, con completas facultades para organizar todos los ramos de la administración, manejo y gobierno económico, dando para ello el Consejo de Regencia, las órdenes oportunas”.
Finalmente se decretó, que el establecimiento quedase por de pronto bajo la inspección de la Junta Superior de Cádiz, según lo determinado en el Reglamento de provincias.

Mal le supo el arreglo a la Regencia, sin que se supiera el motivo. Tal vez presiones de los legalmente despo­jados de sus cargos, que por lo visto tenían fuertes reco­mendaciones. El caso fue, que no pudiendo arremeter  contra el acuerdo de las Cortes, utilizó la buena pluma del Ministro de la Guerra, Mariscal de Campo José de Heredia y Velarde, que pasó un oficio pidiendo un castigo riguroso contra el médico Villarino, autor del escrito publicado en El Conciso, lo que dio lugar a un nuevo revuelo en la Cá­mara, en la sesión del 24 de abril, hablando Martínez García, Polo, Dou, Morales de los Ríos, Mejia, Pelegrín, Argüelles, Ga­llego, Traver, Suazo, Aner, y Ostolaza, conviniendo en sostener el criterio y órdenes dadas, a todo trance, recalcan­do la precisión de reorganizar, no solo los hospitales, sino todos los servicios públicos, para sacarlos del cauce vergon­zoso en que yacían, y destruir de una vez para siempre el privilegio de la arbitrariedad, que si enorme se había des­cubierto en la administración de Justicia, enorme también se mostraba en las atenciones humanitarias de la Beneficen­cia, reclamando de paso para los Médicos, una completa autonomía en sus funciones, lejos de las garras de los admi­nistradores, grandes sanguijuelas del Estado.

Por las investigaciones preliminares se supo, que el 14 de Abril de 1811, habían cursado los cinco Médicos que prestaban servi­cio en las Salas, una de las muchas demandas, en vista del deplorable abandono en que continuaban los enfermos, pidiendo por conducto del Protomédico, que fueran sus reclamaciones al Congreso; mas, como se hizo constar en la sesión del 29 de Abril, el arbi­trario curso a que se sujetaban todas las reclamaciones, hizo la solicitud inútil, por el obligado protocolo burocrático de ir prime­ramente al Inspector, luego al empleado principal de Hacien­da, después al Intendente, y finalmente al Secretario del Despacho, para su entrega al Consejo de Regencia, y entra­da en el Congreso.

Era tal la soberbia con que se comportaban los empleados de la administración del Hospital, que provocaron las quejas de los diputados Villanueva y Esteban contra los Comisarios José de Ansa y Vicente Izquierdo, por haber detenido las reclamaciones de los Médi­cos, y la morosidad y oscuridad con que habían contestado los oficios que les habían puesto con motivo de la inspec­ción que estaban efectuando.  En su virtud, y de acuerdo con la Junta Superior de Cádiz, se estableció en el Hospital una comisión gubernativa, compuesta de los presbíteros: Francisco Bonilla y Utrera, vicario eclesiástico; Mi­guel Hermida, párroco de San Carlos y Manuel Solís; nombrando Contralor al presbítero José Ruiz de Ahuma­da; todos interinamente, mientras se reglamentaba la ins­pección del establecimiento.

El 1 de Mayo 1811, pasó oficio a las Cortes el Ministro de la Guerra, notificando haber designado al Auditor de guerra del Ejército de la Isla de León, para entender en la causa del Hospital. Con esta diligencia se hubiera apaciguado todo, mas habiendo añadido el mariscal Heredia, oficiosamente, algunas re­comendaciones sobre empleados separados de sus destinos, con informes contrarios a los hechos que con toda evidencia de escandalosos robos aparecieron en la primera visita, pre­sentó Villanueva, en la sesión del 6, informe más detallado de la segunda visita, con 45 documentos justificativos de los múltiples delitos que se denunciaban, sacando así a la luz pública todo el horror de la podrida administración del establecimiento, y declarando en gráfica expresión, que aquel intrincado asunto «parecía una cadena compuesta de esla­bones, algunos de ellos muy poderosos, pues tocando uno cualquiera, llegaba el tirón hasta muy cerca del trono», añadiendo, que el descubrimiento de tantas malversaciones debía servir de aviso al Consejo de Regencia, para extremar su soberana vigilancia sobre todos los ramos de la administración pública, pues la enfermedad allí latente, era por desgracia común en todos los servicios del Estado; que la reorganización de los Hospitales, como sabiamente proponía Canga Argüelles en su nuevo reglamento, era urgentísi­ma, pues no sólo en la Isla, sino en toda España, se come­tían irregularidades por los empleados de la Real Hacienda, en perjuicio de los pobres enfermos y heridos; que en Oliva de Manzanares, los empleados del Hospital, no solamente habían tenido la osadía de comerse todas las gallinas regaladas por el pueblo, sin dar siquiera su caldo a los infelices soldados, sino la de pedir más a los mismos vecinos, llegando el Con­tralor y otros satélites, a casa del Arcediano de Badajoz, con ánimo de extraerlas violentamente, atropellando a un individuo de la familia que pudo contenerles llamándoles a voces: «ladrones del hospital».

Que con ser grande lo dicho eran peccata minuta comparado con lo que ocurría en el Hospital de la Isla de León, donde la mayoría de los soldados estaban sin camas, sin sábanas, sin sirvientes (enfermeros), sin practicantes, sin boticarios, tirados en el suelo y cometiéndose estas faltas en el departamento de Oficiales, a los cuales no se les suministraba auxilio alguno, ni alimentos, muchas veces en veinticuatro horas, dándo­seles otras, pan de munición (pan dado a los soldados, presos, penados, etc.), carne podrida y hedionda. Que los heridos, convalecientes, enfermos, tísicos y disen­téricos, los tenían sin separación alguna en las Salas, imprudencia esta que había ocasionado muchos casos de muerte, en que tenía también culpa la tardanza del Protomédico que no acudía a tiempo cuando se le llamaba.

SAN CARLOS

Que el día 6 de Abril de 1810, ofició el Consultor de cirugía al General Girón: «Desde ayer mañana manifestó un enfermo caer en una gangrena, y aún esta tarde no ha podido obtenerse de la botica una cataplasma, siendo regular que se muera como muchos otros». Y en otro oficio del día 9, decía: «Efecti­vamente, murió; y hoy tampoco se han podido curar dos gangrenados por falta de remedios y de vasijas para traer­los, y así van desgraciándose diariamente los enfermos». Y en una enérgica protesta que hizo el día 7 a la Regen­cia, aseguraba: «Que de las balas sordas de los hospitales, morían treinta por cada uno que moría en las batallas por las balas de los enemigos,»

Tan abominables eran los delitos denunciados por la Comi­sión, que todo cuanto pudiera inventarse carecería de importancia ante la realidad. Allí no se encendía lumbre, ni se preparaban alimentos, ni aún agua caliente para los vomitivos. La vaji­lla desconchada se usaba indistintamente para la comida, cuando la había; para las medicinas, y para recoger residuos de los enfermos. Los documentos que acompañaban a la memoria de Villanueva, no se podían leer sin horror. En su epílogo decía: «En el pasado mes de Abril, fui a visitar con el médico Mariano Blasco, las salas de San Diego y San Simón; aquí murieron los números 3 y 7, y el 11, después de salir de una grave enfermedad, me decía: Señor, por Dios, yo me muero de necesidad (hambre); desde ayer a las dos no me han dado caldo. -Le pregunté- ¿y los reparos (remedios) que el médico recetó?- tampoco,- ¿En qué consiste?—No hay vino ni bizcocho, respondió el Cabo de Sala. -Por último, mu­rió. El número 4 de San Simón, al ir a darle la medicina a las seis de la mañana, me cogió la mano, y me dijo: -Yo me muero de necesidad, pues en toda la noche me han dado caldo, y ayer a la hora de la comida, como estaba tan malo el caldo, me descompuso el cuerpo... Y hablándome esto, murió. A los números 35 y 37, les sucedió lo mismo».

En vano había clamado el Consultor de medicina, porque se quemasen las camas, para evitar el contagio de la fiebre pútrida; como asimismo para que fuese relevado un Cabo de Sala, por su indolencia y abandono, pues el Contralor contestó, que no podía ser, porque era recomendado del Inspector. En vano otros facultativos pidieron camisas para los sarnosos, y manteca para las unturas, pues no se les facilitó, llegando a estar cinco y seis días sin cura estos enfermos. Otras reclamaciones había hecho el Subtenien­te de Las Órdenes, Gregorio Arroyo, que asistía de con­tinuo a los infelices enfermos, llevado de sus sentimientos caritativos. Tampoco había sido atendida la queja del Cirujano mayor, sobre la falta de velas para las curas, habiendo tenido que alumbrarse diez y doce días con emplastos de diaquilón (ungüento para ablandar tumores) yaglutinante (emplasto que se adhiere fuertemente a la piel y sirve para unir las dos partes de la herida).

Los médicos que habían tenido la constancia de insistir en sus reclamaciones, fueron calificados de díscolos, indisciplinados y alborotadores, aprobándolo así el Gobierno, es decir, la Regencia. De aquí el qué muchos callasen a todo, porque a muchos también les había costado sus empleos.

El Consultor médico aseguraba haber visto a los criados de los Contralores, Inspectores e Intendentes, sacar carne de la despensa para sus amos, y oyó decir al Inspector Carlos Rusconi, que el Intendente Juan Lozano de To­rres, sacaba diariamente 8  libras (3,5 kilos), y que el partidor de la carne le manifestó un día, en la cocina, que las piernas de las reses las llevaban a casa del Comisario. Del mismo sujeto, Lozano de Torres (Nota 1), decía el Consultor de cirugía: «He­mos visto, y es bien notorio, que el Sr. Juan Lozano de Torres ha tenido la mejor, la más fina y la más concurrida mesa mientras fue Intendente; y luego que dejó de serlo, la quitó del todo, despachando criados, no obstante haber quedado con el mismo sueldo que tenía cuando era Intendente.

Esto se da la mano con lo que del Hospital Militar de Medellín, dice el Médico Miguel Grau: Entré un día por curiosidad en la cocina, y mirando con cuidado un montón de raciones de carne que estaban preparadas para los enfer­mos, me dijo el repartidor... ¿qué apuesta Vd. a que no en­cuentra una ración de pierna? Y exigiéndole la razón, dijo: Porque se llevan las piernas a casa del Comisario de Guerra y Subinspector del Hospital Vicente Cañizares, y a casa del Intendente, Lozano de Torres, comisionado en la villa por los ingleses. Pero hablar de los hospitales de guerra, sería largo negocio».

El diácono Fr. Antonio de Odena, manifestó, que había visto diariamente sacar para casa del Contralor Pabón, un canasto de pan, una libra de chocolate, 6 de carbón y 4 bo­tellas de buen vino. A lo que añadió el segundo Ropero, Fr. José García Tomás, que sobre mantener el Contralor su familia, su cuñado y dos asistentes con los géneros de la despensa, pagaba mensualmente a estos en la revista de enfermeros. Que el escribiente de la oficina, sacaba también víveres, y el conductor, y que el despensero enviaba dia­riamente a casa de una, su dama, lo necesario para mante­ner la familia y otras personas. Esto se hacía con algún di­simulo, y por ello se decía en la botica: «Se madrugaba mucho para sacar la carne para D. Julián Puelles, Sr. Cid y Sr. Contralor».

Al oficial del Regimiento Cazadores de Sevilla, Ramón Moreno Pacheco, en un mes que estuvo en el Hospital, no quiso el Contralor darle plaza de Oficial, sino de soldado, aunque se cobraba por el establecimiento la otra.

En la libreta de la despensa constaba, que desde 1 de Abril hasta el 26, había sacado el Inspector Vicente Izquierdo, 162 libras de carne, 6 libras por día, precisa­mente en tiempo que por escrito había dicho, no la hubo para la ración de los enfermos. Lo propio hizo el Contralor. No era excusa para tapar estos robos, decir que faltaba dinero, pues en los 8 días, del 14 al 21, en que se dijo que no había carne, se libraron por el Tesoro al mismo Inspector, 48.000 reales en siete remesas.

Descrito el vergonzoso estado de este Hospital, decía uno de sus individuos: «Aquí es donde he visto lo que los naci­dos no podían pensar, que es, el descuido, el abandono, la rapiña; el robo; que así se llama en mi tierra».

De este despilfarro autorizado y fomentado por los jefes del Hospital, es fácil deducir como sería la escasez en todo. Era público y notorio, que un sirviente de la despensa, vendía carne a los mozos de la botica, y que el cortador por espacio de un mes la había vendido a una fonda realizando una ganancia de 4 duros diarios. Un médico explicaba el modo original que tenían en la cocina para sacar el caldo para la manutención de 1.000 enfermos, quinientos a dieta y qui­nientos a ración; con menos de la tercera parte de la carne reglamentaria. Se sacaba en primera cocción el caldo para las dietas; otra segunda, daba el caldo de las sopas, y con la carne desustanciada, se hacían las raciones para los 500.

Para calcular el importe de lo robado en el Hospital, bas­ta conocer el total de lo librado por Tesorería, desde 1 de Enero al 26 de Abril de 1811, en que se encargó la Comisión, del régimen hospitalario, que ascendía a 776.000 reales, suma suficiente para que todo hubiera marchado regularmen­te, teniendo en cuenta que los haberes no corrían por este ramo.

La falta de leña no había sido menos escandalosa, llegan­do al caso de tener que quemarse, puertas, ventanas y table­ros de camas, pipas de vino, una escalera del edificio, y hasta la explanada de un cañón que había a la entrada. Una de las garantías más abrumadoras, en el relato de tanta infamia, era la del Teniente del Regimiento Infantería de Murcia Nicolás de Robles, que estuvo a pique de mo­rir de hambre, por falta de alimentación.

En la sesión del 7 de Mayo, los Sres. Villanueva y Este­ban, presentaron como resultado de su comisión, tres propo­siciones; reducidas a que, constando que en los Hospitales militares, desde el principio de la heroica revolución, había existido una enorme dilapidación de caudales, en detrimento de la asistencia a los soldados enfermos, y que muchos dependientes de la Real Hacienda, destinados a estos servi­cios, habiendo sido miserables en sus principios, habían salido de la comisión llenos de bienes, se dignase el Con­greso averiguar en qué consistía, que lejos de haber sido castigados y obligados a dar rigurosa cuenta de su administración, conservaban todavía los destinos, o habían sido encumbrados a otros mayores, con mayor ruina para el Erario.

Y que habiendo fundadas sospechas de que la corrupción en la administración de los fondos de Hospitales, hubiera trascendido a las provisiones de víveres, vestuarios y demás ramos de la Real Hacienda, se ordenase, que en el preciso tér­mino de dos meses, fueran residenciados todos los que habían manejado caudales de la nación. Se acordó pasara todo el expediente, para el dictamen de la Comisión que había entendido en su estudio.

Para cortar de una vez los incalificables abusos de los empleados de la Real Hacienda, que servían en los ejércitos, y fijar las obligaciones de aquellos comisarios e intenden­tes, que nada tenían de común con la institución militar, y no obstante, en ella vivían con títulos puramente guerreros, redactó el eminente Cangas Argüelles, el notable Regla­mento de 20 de Junio de 1811, que sirvió de base para la creación de la Superintendencia general del Ejército, obra magna, pues por ella quedan establecidos los servicios de Intendencia, Intervención, Revistas, Transportes, Suministros, Hospita­les, Oficinas militares, Construcción de equipos y vestua­rios, Almacenaje de víveres, Provisión de medicamentos, Brigadas a lomo y rodadas, de transporte, Remonta para los regimientos, Alojamientos, Pasajes, etc.; pudiendo decir que este reglamento mitigó en algo la corrupción, pero con talante y sin justicia (sic) no se llega a ningún sitio.

El escandaloso fraude y punible abandono en el servicio de hospita­les, no fue exclusivo del Hospital de San Carlos: por desgracia era común en toda España. «Esta calamidad, dice un curioso folleto, (Discurso económico-político sobre hospitales de campaña. Valencia) ha sido con corta diferencia en todos los ejércitos de la Nación: la his­toria de sus hospitales presentaría un cuadro lastimoso de la desgracia de los hombres. En el hospital del ejército del Centro, después de la retirada de Tudela, en los de Cataluña en Tarragona (El tifus desarrollado en este hospital, se extendió por toda Cataluña, donde causó más de 100.000 muertos, que no perdonó al ejército aliado, ni á nuestros enemigos), terminada la acción de Valls, y los del Cuarto ahora, probaron todas las heces de la amargura en esta línea. Los hospitales que tuvo Cuenca y Almagro..., son los que han reunido más insultos a la humanidad; allí el soldado valiente, que cuando sano no temía el semblante fiero del francés, ni la muerte que arrojaban sus cañones, era conducido a la Misericordia o Trinidad, en donde el más ingenioso tirano no hubiera podido reunir más tormentos, y en cuya estancia temblaba y se estremecía.
En vez de una cama que tan imperiosamente reclama la naturaleza en las enfermedades... tenían que echarse en el suelo, sin encontrar unas pajas que evitaran su dureza y frialdad. En estos hospitales no solo les faltó cama y abrigo, sino muchas veces los más precisos objetos de la asistencia: escaseaban los sir­vientes; se carecía de vasos de limpieza; no había proporción entre el número de facultativos y el de enfermos; faltaban medicamentos, o no se propinaban por falta de vasijas: no hubo Ministros de la religión, que en los últimos instantes ofrecieran a los moribundos sus consuelos; faltaron hasta los enterradores, habiendo salas, en que estuvieron muchas horas los cadáveres sirviendo de almohadas a otros, que tendidos en el mismo suelo, estaban agonizando.»

El General en Jefe del ejército del Centro, decía en 1809: «Centenares de soldados en­fermos, postrados y exánimes, tendidos en los portales y cuadras de sus cuarteles, sin una taza de caldo, sin sábanas, camisas, jergones, ni aun siquiera una miserable y rota manta que les preservase de los grandes fríos de tan rigurosa estación.» Ma­nifiesto de las operaciones del Ejército del Centro, desde el día 3 de Diciembre de 1808, hasta el 17 de Febrero 1809.

La falta de dinero, la escasez del personal facultativo, y la codicia de una mala administración del personal que dirigía estos establecimientos, hicieron inútiles los esfuerzos del gobierno, y el celo legislativo, para regimentarlos sobre las bases de una honrada moralidad. La dura lección de una reñida campaña, no alcanzó a atajar el mal, y veinte años después, 1835, aún continuaba el desorden y el abuso en tan imperioso servicio: «Pocos eran los hospitales -dice D. Pedro Maranges (memoria sobre el tifus epidémico nosocomial u hospitalario que reinó en los ejércitos de operaciones del Norte y Reserva, en los años 1836, 37 y parte del 38.)-en que hubiese la suficiente vasijería, y en esto eran tan mesquinos (sic) los asentistas, que hubo hospitales en que una misma taza servía para beber, tomar caldos y para sangrar: esto lo presencié varias veces, cuando estuve encargado de la asistencia del hospital de Las Lanas, en Bilbao, después del últi­mo sitio (1836). El ramo de ropería estaba escaso en casi todos los hospitales; los enfermos no se podían mudar la camisa cada ocho días, ni de sábanas cada quince, como exige el buen cuidado y limpieza..... .....las mantas pasaban de enfermo a enfermo, sin lavarse ni airearse, y más de una vez vi, que las sábanas de un enfermo dado de alta, pasaron a otro sin labarse (sic)...»

«Aún la campaña de África, en 1850, nos encontró en la misma dolorosa situación, con el único hospital de los Reyes, en Ceuta, sin utensi­lio, sin material, sin locales, sin medicinas y sin medio alguno para atender a los heridos por bala o epidemia, que eran amontonados en el mayor olvido por falta de personal, y por falta de organización, esperando en el suelo el fallecimiento de uno de los compañeros de desdichas, para ocupar una cama que ni había tenido tiempo de renovarse.»

Este vergonzoso estado de nuestra organización hospitalaria, continuó en paz y en guerra para ignominia nuestra, hasta que por R. O. de 9 de Julio de 1884, se dispuso que fueran dirigidos los hospitales por jefes del Cuerpo de Sanidad Militar, y la gestión económica se desem­peñase por la de Administración del Ejército; organización que completaron las R.s O.s de 18 de Agosto de aquel año, y 15 de Junio de 1886, con el Reglamento de Administración y Contabilidad del servicio, que fue ultimado por la de 26 de Julio de 1902.

Necesidad tan imperiosa había ya sido también reconocidas por algunos Capitanes generales de ejércitos de operaciones, en América, que por su peculiar autoridad la habían impuesto en dichos establecimientos; uno de ellos el Conde de Valmaseda, en los hospitales provisionales del Cobre, Palma Soriano, Prosperidad, Santa Isabel, y Victoria, que dis­puso “el 28 de Octubre de 1870, que los médicos militares, se conside­rasen, no solo como jefes locales facultativos de ellos, sino como jefes inmediatos de los Factores puestos por la Administración Militar, vigi­lando su proceder y servicio en ellos, revisando e interviniendo todas las cuentas, y exigiéndoles el cumplimiento exacto de sus obligaciones.”

Entregado el Real Hospital de Marina de Cádiz, con el Colegio deMedicina, y su parroquia del Santo Ángel de la Guarda, al ramo de Guerra, y a la Beneficencia provincial, el personal de la Armada que prestaba su servicio en la capital de la provincia, se trasladó al de San Carlos con sus oficinas y dependencias, bajo la dirección del Director del Cuerpo, que pasó a residir en la ciudad de San Fernando. El Hospi­tal de la Carraca se suprimió, quedando en su lugar una enfermería, que se llamó vulgarmente el hospitalillo, y los enfermos pasaron al hospital de San Carlos.
Atravesó este establecimiento durante más de 40 años, por las vici­situdes inherentes a la escasez de recursos que experimentaba la Mari­na para sus pagos, y a pesar de la notoria miseria que reinaba, las es­tancias de hospital y el pago de sus empleados, eran satisfechos con bastante regularidad, llegando a ser por esta circunstancia el refugio de muchos beneméritos generales, jefes y oficiales, que obligados más que por sus enfermedades, por el hambre, ocuparon sus camas, y algunos encontraron en ellas su lecho mortuorio; tristey desconsolador fin para los que habían servido con bizarría y lealtad a su Patria, en todos los mares del globo, en paz y en guerra, durante media centuria de trastor­nos exteriores e interiores.
Larga sería la lista de tan sufridos como leales militares que expiraron en él; bástenos citar al Jefe de Escuadra José Jordán y Maltes, del cual dice Pavía: «Vivía el General en una humilde casa del barrio del Cristo, que daba frente a la nueva población de San Carlos… en su triste albergue (en 1833) por no haber, no tenía en invierno esteras, ni un mal felpudo, llevando el General siem­pre en la mano un corcho que se lo ponía a los pies cuando se sentaba. Agravados sus males crónicos, sin recursos de ninguna especie, por el atraso de 124 mensualida­des que sufría, y sin tener quien le fiase para su precisa subsistencia, solicitó su baja para el Hospital Militar, con cuya estancia, que se la facilitaban adelantada, atendía a lo indispensable a la vida. Así la concluyó este venerable anciano, constando ofi­cialmente en la mansión de la pobreza, y en el asilo de desvalidos, el día 8 de Junio de 1835, a los 83 años de edad y más de 67 de honrados y desinteresados servicios a sus Reyes y a su patria.» Para evitar fuese sepultado de limosna, satisfizo su entie­rro el Comandante General del Departamento, D. Tomás Ayalde. Así pagaban los Reyes y políticos a los buenos Generales cuyos eminentes hechos de mar y tierra les hicieron acree­dores de mejor trato y consideración.

En contraste con esta actitud, se encontraba el comportamiento del diputado por Lugo, Domingo García Quintana, que, debido a su genio exaltado, había dado origen a conflictos se­rios, pues en el mes de Julio, anterior, por habérsele suspen­dido el pago de dietas, distribuyó por todo Cádiz unas es­quelas pidiendo limosna para comer, que causaron inquietud en los ánimos de los gaditanos. Como político español, él sí tenía derecho a no pasar hambre, el resto…

Posteriormente al año de 1845, en el que se regularizaron los pagos en la Armada, empezó para el hospital una vida más próspera, dando comienzo a las reformas sanitarias, que la penuria de los tiempos había retardado, siguiendo en los años de 1857 y 58, en que a consecuencia del cólera padecido dos años antes, se trató con más atención la parte higiénica.

El establecimiento de las hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, el año de 1870, y la dirección con el mando militar y facultativo de los Inspectores de Sanidad de la Armada, han contribuido en mucha parte a mejorar las condiciones higiénicas del edificio, a fuerza de desvelos y minuciosos y delicados estudios, como eran necesarios para sacar partido de aquel proyectado Convento de franciscanos, converti­do en hospital bastante aceptable, gracias a las condiciones climatoló­gicas de la localidad, que son inapreciables.

Con motivo de los sucesos cantonales, el mes de Julio de 1873, se vio obligado el Director del Hospital a desalojarlo, y trasladarse con los enfermos y empleados, a la antigua casa que fue de los Condes de Morales de los Ríos (Familia del diputado doceañista, por Cádiz, D. Andrés Morales de los Ríos, Capitán de Artilleros Voluntarios Distinguidos), hoy Convento de Capuchinas, en el que conti­nuaron su benéfica misión, y asistieron a bastantes heridos de los su­blevados, que allí condujeron los individuos de la Cruz Roja, que por entonces empezó a funcionar en San Fernando. Poco duró esta anómala situación, pues a los 20 días volvió a su ordinaria residencia. En ella se encontraron con todos los desperfectos y destrozos, propios del aban­dono, y maltrato recibido por los proyectiles de cañón disparados desde el Arsenal de la Carraca, sobre el grupo de edificios de la pobla­ción de San Carlos, ocupados por los cantonales, y los daños causados deliberadamente por algunos de los insurrectos, que pagaron sus des­ahogos brutales con los instrumentos, enseres, muebles, cuadros, y cuanto hallaron a mano.

 

NOTA 1.

INTENDENTE, JUAN LOZANO DE TORRES.

Este famoso sujeto, que llegó a ser Ministro de Fernando VII, había nacido en Cádiz, su nombre completo era Juan Lozano y Torres Martínez y Sánchez; fue hecho por el Rey Marqués de Casa Lozano; en 1828 le concedió la Gran Cruz de Carlos III.

De él se dice, en el tomo 2º, de la obra Los Ministros en Es­paña: «Era sobrino del relojero Lozano, bien conocido en Londres, e hijo de un carpintero de Cádiz. Pasó su juventud en el Puerto, vendiendo chocolate, y se le proporcionó ocasión de viajar por Inglaterra, Suiza, y otros países, más sin ad­quirir conocimientos y sin desvanecer sus preocupaciones, como acontecía de or­dinario a los viajeros españoles.

En la guerra de la Independencia logró el empleo de Comisario del Ejército, y adquirió cierta reputación de habilidad. Cuando el rey Fernando VII llegó a Valencia, Lozano que se hallaba entonces en Badajoz, le dirigió una carta tan llena de proclamaciones de afecto a su real persona, y de invectivas amar­gas contra los liberales, que Fernando mandó le siguiese a Madrid. Allí se mos­tró enteramente consagrado al rey, a quien rendía una especie de culto, y cuyo retrato llevaba habitualmente pendiente del cuello, conduciéndose al propio tiem­po con Fernando como un consejero desinteresado.

Le ofreció el monarca dife­rentes destinos de alta categoría, que rehusó Lozano constantemente, hasta que en uno de los cambios de ministros, tan frecuentes en su reinado, fue nombrado Secretario del despacho, que aceptó después de una afectada resistencia. Una confabulación de sus oficiales subalternos, que miraron como un insulto al Cuerpo diplomático el nombramiento de Lozano para Ministro de Estado, le puso en el caso de dimitir del cargo, por haberle declarado aquellos «de la manera más formal, que no querían trabajar a sus órdenes, y que era preciso que él, o ellos, renunciaran al destino.» Mas el partido que lo sostenía no se asustó por eso, y algún tiempo después (29 Enero de 1817) fue nombrado Ministro de Gracia y Jus­ticia. Causó mucha inquietud  en la nación el ver colocado a la cabeza de la Iglesia y de la Magistratura, a un hombre sin talento y sin experiencia.

Lozano resolvió aprovecharse cuanto pudo de las ventajas inmensas que le proporcionaba el alto puesto a que se había encumbrado, y llevado de estas miras, mientras que por un lado colmaba de favores a los fanáticos más furibundos, por otro lado utilizaba su cargo, para perseguir a los que sospechaba propagadores de las opiniones liberales o instruidos. Se había persuadido hacía mucho tiempo al rey, que el objeto principal de los liberales era quitarle la vida y nunca se borró de su imaginación tan horrorosa idea. Lozano se aprovechó hábilmente de su temor; lo entretuvo y aumentó durante el tiempo de su ministerio, con una destreza y una perseverancia que hubieran honrado ciertamente su carácter y sus talentos, si la hubiese empleado de otro modo.
Sabiendo que el rey no podía dedicarse largo rato a los asuntos serios, procuraba divertirle, refiriéndole las anécdotas que re­cogía desde el lugar que ocupaba: así es, que, cuando despachaba con el rey, duraba el despacho por lo común algunas horas, con gran admiración de los corte­sanos, cuya, sorpresa no cesó hasta que conocieron los medios que empleaba el astuto favorito. Por este medio se había apoderado de tal suerte de la voluntad de Fernando, que intentó hacerle creer que existía entre ambos la semejanza de temperatura más extraordinaria, y que la naturaleza había tenido gusto en darles una constitución física tan exactamente igual, que debían tener las mismas inclinaciones y los mismos sentimientos. Lozano, sin embargo, vio extinguido el afecto de Fernando, y cayó desgracia algunos meses después. El monarca mandó examinar sus papeles, y se apoderó de algunos que importaba mucho a Lozano, que no hubieran caído entre sus manos. Le desterró rápidamente de Madrid, y habló frecuentemente de él, con sumo desprecio.»

Lafuente, en el Cap. III, tomo 18 de su Historia General de España, dice: «D. Juan Lozano de Torres, hombre ignorante y de malévolos instintos, que ni era togado ni siquiera sabía latín, y que por la adulación y la bajeza, fingiendo un entusiasmo exagerado y ridículo por la persona del rey, se había encumbrado desde la esfera más humilde, hasta el puesto de Consejero de Estado

El Marqués de Miraflores, llama, al antiguo Intendente de Castilla la Vieja, «El insigne aventu­rero», en su obra Apuntes histórico-críticos para escribir la Historia de Espa­ña, desde el año 1820 hasta 1823.

Dios nos libre a los españoles volver a sufrir dirigentes y personajes de esta calaña, aunque lo que leemos actualmente en los periódicos, no dista mucho de lo que aquí se ha relatado.

Que razón tenía Antonio Machado cuando decía.

YA HAY UN ESPAÑOL QUE QUIERE
VIVIR Y A VIVIR EMPIEZA,
ENTRE UNA ESPAÑA QUE MUERE
Y OTRA ESPAÑA QUE BOSTEZA.

ESPAÑOLITO QUE VIENES
AL MUNDO, TE GUARDE DIOS,
UNA DE LAS DOS ESPAÑA
HA DE HELARTE EL CORAZÓN.

NUESTRO ESPAÑOL BOSTEZA.
¿ES HAMBRE? ¿SUEÑO? ¿HASTÍO?
DOCTOR: ¿TENDRÁ EL ESTOMAGO VACÍO?
EL VACÍO ES MAS BIEN EN LA CABEZA.

El peor mal de los españoles ha sido siempre, siempre, siempre su incultura; y en nuestros tiempos, es ya un mal genético, cuya cura… 


BIBLIOGRAFÍA.
Francisco J. Moya – Celestino Rey Joly – El Ejército y la Marina en las Cortes de Cádiz.
Villanueva, Joaquín Lorenzo. – Mi viaje a las Cortes.
Fotografías cogidas del libro “Bicentenario del Hospital de San Carlos"

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