La coexistencia del concepto monoteísta con el dogma trinitario es algo que deja estupefacto cualquier intento de análisis. Es un "meterse en camisas de once varas" de proporciones astronómicas que nunca se ha explicado de manera convincente porque, entre otras cosas, es inexplicable y absurdo, y por ello se llegó a la necesidad de dogmatizarlo conciliarmente. Es decir, por mayoría de votos se declara de obligada aceptación que Dios es el único dios. Pero el Padre es dios, el Hijo es dios y el Espíritu Santo también es dios. Este innecesario dogma que los católicos están obligados a digerir, ha sido probablemente el causante del mayor número de cismas y herejías en la historia de la Iglesia... y, ya puestos, de muertes.
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