No sorprende comprobar que la ostentación de riqueza material que hace la Iglesia Católica contradice el mensaje que legitima la pobreza como camino de salvación. Es, posiblemente, la contradicción más evidente del comportamiento catolicista y que es asumido con una soltura escandalosa cuando, por ejemplo, el propio Papa condena "al silencio" a los teólogos católicos que abogan por la Teología de la Liberación. Esta teología no es, ni más ni menos, que una reconducción de la sensibilidad de la Iglesia hacia los pueblos oprimidos y marginados. Y era precisa porque el alineamiento de la jerarquía católica con las burguesías opresoras es total y escandalosa.
El Papa inaugura templos escandalosamente ricos y grandiosos en el centro del continente Africano, donde es mayor la pobreza de sus gentes... condena a dos años de silencio al teólogo brasileño que es insignia de una teología que reivindica atención a los pobres. ¡Si el pobre hijo de aquel carpintero de Belén levantara la cabeza y viera el engendro!
La ostentación del poder económico le resta la escasa credibilidad que le pueda quedar a la jerarquía eclesial. De nuevo cohabitan posturas opuestas que son asumidas por la oficialidad católica. De un lado el reconocimiento de que la Iglesia es de los pobres (porque, en realidad, las únicas cuestiones que separan al Vaticano de la Teología de la Liberación son el haberle tomado la delantera y el alineamiento con regímenes políticos y tendencias sociales que son enemigas del poder tradicional de esas zonas del mundo, que son tan corruptas como respetuosas del poder eclesial) y del otro lado la ostentación de poder económico justificado para mantener en pie de operatividad la estructura del Poder Temporal de la Iglesia. |