El sincretismo cristiano lleva a deificar entidades femeninas siguiendo tradiciones tan antiguas que enraizan en las creencias mágicas del mesolítico. De esta manera se identificaban divinidades femeninas con la Fertilidad de la Tierra que daba las primeras cosechas y con la Fertilidad de la Madre que proporcionaba continuidad a la tribu. La tradición continua por Innana-Ishtar (Astarté) en Sumer, Isis en Egipto, Afrodita y Atenea en Grecia, Venus y Ceres en Roma, hasta en el México Azteca encontramos a Coatlicué. Todas ellas diosas que gobiernan parcelas del mundo. El cristianismo, y más tarde su opción catolicista, adoptaron a la madre biológica de Jesús -declarada virgen a pesar de su maternidad por mayoría simple de votos concilares- como la diosa que de hecho encarna los atributos tradicionales en este tipo de divinidades.
Pero lo aberrante de esta deificación está en el hecho de que las mil advocaciones de la Virgen se entroncan con la más dura idolatría. El indiscriminado culto a las imágenes de la Virgen (que, por cierto, pululan por doquier, en cantidades asombrosas con el beneplácito explícito del propio Papa), es difícilmente explicable desde un dogma monoteísta... y sin embargo ahí están como un monumento a la contradicción de la Iglesia Catolicista.
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