RESPUESTA A MI HIJO ÁLVARO
Llego a casa después de una mañana un tanto insípida... la jornada de hoy ha sido monótona. Me he preguntado si es ético mi trabajo, porque, al fin y al cabo, estoy en el engranaje de un ejército, es decir, estoy metido hasta el cuello en una maquinaria cuyo primer y último fin es matar para defender intereses que pueden no ser los míos. Por mucho que hoy nos presenten a los ejércitos como entidades humanitarias, no nos engañemos, están para matar a enemigos... y los enemigos se fabrican a conveniencia del poder económico. Los fabrican anulando nuestro sentido crítico, y lo hacen n fuerza de propaganda, de bonitos mensajes y de verdades n medias. Y nos manipulan con mayor facilidad cuando nos hacen sentir miembros de una entidad superior que puede ser el barrio, la ciudad, el equipo de fútbol, la región o la patria... para así oponernos con facilidad a los de otro barrio, ciudad o nación. Cada día veo más peligroso integrarse en un grupo de personas porque se elimina la individualidad, el espíritu crítico de cada uno, y nos disolvemos en una masa de gente que vocifera al son que tocan los que manipulan.
Sin embargo, hace ya mucho tiempo que he tejido la excusa para justificar este trabajo... porque hace tiempo que tengo la excusa perfecta para dejar de ser el idealista que fui cuando tenía tu edad... simplemente han pasado los años, uno se vuelve práctico y deja los ideales para los jóvenes; seguramente es algo que está en los genes: aminorar la marcha para asegurar a la siguiente generación. Los ejércitos existen porque el homo sapiens ha ritualizado su agresividad como especie y la deja en manos de una casta de guerreros. La agresividad no es un invento malévolo de la naturaleza, es la naturaleza misma, ni es buena ni es mala, porque no se puede juzgar, al final del razonamiento, una simple reacción química... Entonces ¿por qué debo sentirme culpable por trabajar para un ejercito sin son inevitables? Y, a pesar de todo, he tenido que construir esta excusa ¿por qué?
Es tarde. Corro a preparar la comida, en casa yo me encargo de estos menesteres. Mientras tanto, mi chica no para de trajinar con mil cosas de la casa... Tengo que improvisar la comida porque ayer estuve fatal con una jaqueca intermitente. Después de rebuscar en el frigo no queda más remedio que comer "restos orgánicos", cosa que en esta casa significa "problemas en la mesa". El "Niñato" (15 difíciles años) protestará, siempre encuentra algún motivo, no falla... Álvaro (casi 18) pondrá cara de perdonarme la vida y cerrará los ojos como diciendo que mejor no abrir la boca... Llegan del instituto y dejan tiradas las mochilas y los chaquetones en el primer escalón de la escalera. No saludan con un beso, simplemente se tumban en el sofá y preguntan por la comida. "Restos orgánicos", contesto animoso desde la cocina. ¡Joder! Es lo que suena desde el salón.
Mientras comemos, la tele, de fondo va desgranando su letanía. A veces hemos intentado apagarla, pero el silencio se hace atronador y tampoco sirve para mejorar la comunicación... así que, ahí sigue porque casi es mejor utilizarla para resaltar su estupidez. Mi compi suele contar cosas de su trabajo, casi siempre graciosas. Ella trabaja con muchas compañeras y es fácil la risa... yo no tengo esa suerte. El "Niñato" se queja de la tal profesora y anuncia que ha sacado un notable en un examen sorpresa. Le felicitamos y le hacemos ver lo bueno de estudiar un poco cada dia... Engulle la comida y se tira en el sofá cuando comienza "Al salir de clase". Álvaro, silencioso, a veces protesta de lo que oye en el telediario y a veces, concisamente, habla de sus resultados académicos, siempre muy buenos. Se enfurece cuando comienza la serie que entusiasma a su hermano. Álvaro es un chico maduro para su edad, reflexivo y muy opaco, sólo deja entrever sus elucubraciones sobre la sociedad que le toca vivir cuando se enfada con nosotros y trata de explicar, a trompicones, sus posiciones. Me recuerda mucho a mí mismo con su edad... que cada vez que hablaba seriamente con mi padre se echaba a temblar...
Pues ahí están... el uno tumbado en el sofá, atento a las gilipolleces de sus ídolos que salen de clase, un niño grande que se pretende adulto; el otro semitumbndo, con los ojos cerrados, esperando que den las 15'55 para ir a clase de inglés, un adulto que debería tomarse la vida más como una comedia que como tragedia. Y mi "compi de la vida", con sus ojos achinaditos que cuando se ríe desaparecen, se fuma el cigarrillo "de después de comer" sentada en el cuarto escalón de la escalera, para no molestar con el humo, que los niños le echan la bronca si fuma en el salón. Son mi familia, acojonante, tío. |