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Apéndice
a las Crónicas de Villajovita
La memoria común, la de los niños que corrían por las calles de Villajovita en los años 60 del siglo pasado, aún no está explicada...

El Maestro
Miradas retrospectivas 2º

Andrés Gómez Fernández

¿Cómo era la situación socio-económica del maestro? Conviene recordar la expresión “Pasas más hambre que un maestro de escuela”, que resume la situación económica del docente. Posiblemente fuese la “Ley Moyano” promulgada en 1857 la que supuso una solución muy positiva para la escuela española. La citada Ley de Instrucción Pública declaraba obligatoria la enseñanza primaria; también la gratuidad de la enseñanza y obligaba a los ayuntamientos a pagar a los maestros. Pero, en lo económico no fue suficiente, ya que se veían obligados, después de su jornada escolar a ejercer otras profesiones: secretarios de juzgados, practicantes, secretarios de Hermandades, contables, representantes de productos alimenticios, etc. En algunos casos daban clases particulares, en especial a aquellos alumnos que, habiendo iniciado la Enseñanza Media, requerían sus servicios. Eran los pocos. A pesar de los discretos ingresos, que recibían, los maestros gozaban de una posición social que no tenía relación con la economía. “Se daba la paradoja de que estaban mal pagados, pero socialmente gozaban de mucha consideración”.

Hasta el año 1887 no hay vacaciones de verano, y en 1900, el 63% de la población española era analfabeta. Es digno de destacar la labor desarrollada por aquellos, que sin ser maestros titulados, ejercían como tales. Su labor la desarrollaban en el medio rural, en el campo, en los cortijos, atendiendo a aquellos niños y niñas que no podían acceder al colegio oficial por encontrarse trabajando, ayudando a sus padres. Por supuesto que eran los padres los que tenían que abonar las clases. Cuando el niño o la niña habían aprendido las cuatro reglas, leer y escribir y algo de Catecismo, dejaban la enseñanza. El maestro tenía que realizar grandes desplazamientos, que los hacía a pie o sobre un animal de carga. Era una heroicidad. Y los niños y niñas “unos privilegiados”.
         A raíz de la guerra civil, el Magisterio fue objeto de una represión tremenda, a través de la instrucción de expedientes de depuración, a partir del año 1936. Se acusaba, en general, al maestro de “no usar o desconocer la moralidad y de ser ateo, y haber envenenado a las masas con las doctrinas marxistas”. Muchos fueron juzgados y ejecutados; otros, lograron escapar o esconderse como “topo” hasta que, transcurridos algunos años, regresaron los que se aventuraron a huir o salieron de sus “escondrijos”. No a todos les reconocieron su inocencia; otros, con mejor suerte se incorporaron a sus puestos de trabajos.

Los maestros cuando llegaban al pueblo se entregaban por completo a su labor. Pero, ¿han mejorado sus condiciones? Todavía algunas cosas permanecen. Y es cierto que al llegar a la escuela, el maestro experimentaba dos clases de sensaciones: la primera es que lo que le han enseñado en la carrera, apenas le sirve; y la segunda, que se va amortiguando, es que a través de la escuela se cree que puede cambiar el mundo.

La disciplina se mantenía con reglas (palmetas), punteros, zurriagos (látigos con tiras de cuero), que servían para poner orden en la clase. Ponían al niño de rodillas en un rincón, daban golpes con la palmeta en la palma de la mano, y en el peor de los casos, en las yemas de los dedos con la misma palmeta. Si al castigado se le escapaba una lágrima, la escena podía servir para que los compañeros se mofaran del “llorica”. Y así hasta la llegada de la participación de los padres de alumnos en la escuela en los años setenta, momento en el cual comienza a desaparecer los castigos corporales.

Conviene conocer que también en el siglo XVII se utilizaban los castigos corporales, al menos así lo recoge Quevedo en su obra “La vida del Buscón”. En uno de los episodios se expresa así: “Sentábame el maestro junto a sí, ganaba la palmatoria los más días por venir ante y íbame el postrero por hacer algunos recados de “Señora” que así llamábamos la mujer del maestro (sic). Ganar la “palmatoria” significaba que el muchacho que llegaba primero a la escuela gozaba del bárbaro privilegio de usar la palmeta para aplicar los castigos impuestos por el maestro. Por supuesto que el “afortunado” estaba libre de todo tipo de castigos.

Pero nuestro pequeño héroe no se libró de recibir unos azotes, aunque por una cuestión no relacionada con la escuela. Se había burlado de un vecino, a instancias de un compañero, teniendo que soportar las amenazas del ofendido. La medicación del maestro evitó males mayores. “Entró el hombre tras mí, y defendióme el maestro de que no me matase, asegurándole de castigarme… Ni la intervención de la “señora” evito los azotes. Pero su astucia, sí…  El maestro terminó por perdonarme… El maestro me abrazó y dio una firma en que perdonaba los azotes las dos primeras veces que los mereciese. Con esto fui muy contento.”

Por otra parte, Covarrubias, en uno de sus tratados, nos da a conocer cómo se imponía la disciplina en una escuela a principio del siglo XVII: “Grandísima rabia me da cuando veo a los tiranos maestros de escuela azotar a los niños con tan poca piedad; y algunos azotan con cuerdas de vihuelas, las más gordas que se labran; y el miedo que allí cobra el niño, le dura toda la vida hasta la vejez”.

Enrique Gómez, también en su obra “Vida de D. Gregorio Guadaña”, describe una escuela de niñas: “Azotaban a sus niñas cuando llegaban tarde. Jurabásela con el dedo si no ganaban la palmatoria. (Las niñas también eran castigadas).

¿Cómo se podría justificar la actitud e los llamados “maestros tiranos”, según Covarrubias? ¿Es qué el maestro estaba dotado de un gen específico que le predisponía a la violencia en un grado mayor que el resto de los mortales? ¿Es qué había que darle credibilidad a la expresión “la letra con la sangre entra”?. Detrás de todo esto se encontraba la familia. Una familia que permitía y alentaba al maestro que, para modificar determinadas conductas, había que recurrir a la violencia.
¿Cuál es la situación de la disciplina escolar en los momentos actuales? Ha empeorado, aunque no hay que justificarlo como consecuencia de bajar la guardia con los castigos corporales. Hoy los papeles se han invertido. Los que reciben agresiones son los docentes y los compañeros de aquellos que la ejercen, con la cada vez más alarmante violencia en las aulas.  Se viven momentos de gran tensión y, sobre todo, de miedo…

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Notas de Prensa sobre la presentación

06 May 06 Faro de Ceuta. Artículo de Herminia Vicente
16 Abr 06 Pueblo de Ceuta. Portada
16 Abr 06 Pueblo de Ceuta. Cultura 1 (Memoria compartida)
16 Abr 06 Pueblo de Ceuta. Cultura 2 (Entrevista Milan)
16 Abr 06 Sur Digital. Sección Ceuta
14 Abr 06 Pueblo de Ceuta. Cultura
19 Mar 06 Pueblo de Ceuta. Sociedad
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Coico Conocí a José Mª Coiduras en Ceuta, un domingo de 1965... 41 más tarde me duele no tenerle... me duele haber llegado tarde para recuperar su abrazo.

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