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 reportaje
 Apuesta para recuperar las
joyas del pasado López Moreno acaba
hoy su entrega sobre los relojes de sol que existían en el ribat y
aboga por su recuperación
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EL RIBAT. Vista
general de la plaza del castillo de San Romualdo y, al fondo,
la histórica fortaleza ELÍAS
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Miguel Ángel López
Moreno. Recomienda esta noticia
La Edad Media fue un tiempo gobernado por la religión. A
finales del siglo V, una vez caído el imperio romano de occidente,
la única estructura de poder que permaneció intacta fue la iglesia.
Ya entonces algunos cristianos, por iniciativa propia, y al margen
de las directrices episcopales, habían comenzado a practicar una
vida eremita, en soledad, basada en ideales ascéticos. Esta práctica
se extendió rápidamente hasta que en el siglo V, en el concilio de
Calcedonia, los obispos tomaron bajo su autoridad los monasterios
que se habían organizado en sus diócesis. Todo quedó entonces bajo
el férreo control episcopal, que utilizó a su vez la expansión del
monacato para evangelizar la Europa bárbara.
La orden
benedictina, fundada por Benito de Nursia hacia 529, fue el
referente de todo el desarrollo posterior del monaquismo. Diseñó una
disciplinada vida monacal firmemente marcada por las horas canónicas
del día: los tiempos de Dios. Nada dejó al azar, estructuró
cualquier aspecto vital de manera que el monje simplemente debía
obedecer y cumplir con rigor las reglas de su Orden.
Era
obligado escuchar, meditar y leer, pero difícilmente se podía
interpretar lo aprendido. No era preciso pensar. Cada impulso humano
era reprimido excepto aquel que servía directamente a la comunidad.
Es un ejemplo más de los muchos intentos de uniformar
personalidades, anular el sentido crítico y destruir voluntades.
Intentos que hoy día seguimos viendo en las modernas técnicas de
ventas, en todas las captaciones sectarias e incluso en el afán
idiotizador de las televisiones. Con la regla benedictina, por
primera vez el trabajo se consideró una actividad digna y honorable.
Los monasterios se convirtieron en eficientes granjas, en centros de
evangelización y en los únicos refugios para los restos de la
cultura clásica. En tiempo de Cuaresma los monjes recibían de la
biblioteca un libro "que deberán leer ordenada e íntegramente"
(capítulo XLVIII-15 de la Regla de San Benito).
Gracias a
eso la Iglesia de Roma atesoró para sí y filtró los escasos
conocimientos que sobrevivieron a la caída del Imperio Romano. Y,
además, como depositaria y única interprete del mensaje divino,
impregnó la política terrenal, estuvo omnipresente en cualquier
aspecto de la vida y manipuló todos los comportamientos. Es decir,
ejerció un inmenso y asfixiante poder. Tanto es así que las
costumbres eclesiásticas llegaron a imponer sus propias referencias
temporales al resto de la población. Esto dio al traste con la
clásica forma de dividir el año en función de las estaciones, ciclos
agrícolas y demás ritos culturales. En su lugar, el año se dividió
en cuatro periodos: de Pascuas a Pentecostés, de Pentecostés a
septiembre, de este a Cuaresma, y de aquí hasta Pascuas.
El
día tenía 24 horas (los egipcios ya lo habían establecido así).
Amanecía a las VI, primera hora que marcaban los relojes de sol; se
alcanzaba el mediodía a las XII y el ocaso ocurría a las XVIII. En
la Alta Edad Media se dividió el día en cuatro cuadrantes de seis
horas cada uno, y el paso de un cuadrante a otro se anunciaba con
tañidos de campanas colocadas en las iglesias. Pero fue la vida
monacal la que marcó una organización diaria del tiempo. Desde los
conventos, monasterios e iglesias se fue imponiendo al resto de la
población un día dividido en oficios, es decir, dividido por las
campanadas que marcaban los momentos para orar a Dios: "spatia ad
Deum tradendum":
Maitines Media noche
Laudes Las
tres
de la madrugada.
Hora Prima Las VI. El amanecer,
orto solar.
Hora Tercia Las IX. Tiempo medio
entre
Prima y meridies.
Hora Sexta
o Meridies:
Las XII. Mediodía.
Hora Nona Las XV.
Hora
Vesperalis,
Vísperas Las XVIII. El ocaso.
Hora
comple-
torium Completas: Cuan- do cae la
noche.
Esas campanadas, que en principio indicaban
los momentos para rezar en los monasterios, con el tiempo fueron
referencias para los pobladores del entorno y señalaron el comienzo
y fin de la jornada, las horas de las comidas y los momentos de
descanso, es decir, el discurrir de lo cotidiano.
El ritmo
vital se fue ajustando a los momentos monacales que dictaban los
relojes de sol, único método fiable para hacerlo (las clepsidras y
velas de tiempo eran poco precisos).
Por tanto, se hizo
necesario recuperar los conocimientos que permitieran construirlos
correctamente. Técnica y ciencia que habían desarrollado
admirablemente los antiguos griegos y que el espíritu práctico de
los romanos concretó y difundió ampliamente a lo largo de sus
posesiones. Posteriormente, con la caída del imperio y las
invasiones bárbaras, se olvidó en occidente.
Fueron
precisamente los monjes benedictinos, a partir del siglo VII, los
más interesados en recuperar ese antiguo conocimiento y conseguir
una exhaustiva medida del tiempo.
De lo anterior concluimos
que las paredes de los monasterios, conventos e iglesias fueran las
primeras en poblarse de relojes de sol que marcaran fielmente los
momentos para los rezos a Dios.
Y el Castillo de San
Romualdo, como edificio representativo del poder político y
espiritual de la Isla de León, también se utilizó para estos
menesteres.
De hecho, algunos estudiosos de este castillo
defienden la hipótesis de su uso y ocupación por la Orden Religiosa
de Santa María de España, creada por el rey Alfonso X en el año
1272.
Entre otros objetivos, el rey encargó a esta Orden la
defensa marítima frente a los musulmanes del norte de África, y la
supervisón de la colonización comarcal de la bahía de Cádiz.
Políticas que se organizaron desde Santa María del Puerto, Alcalá de
los Gazules, Medina Sidonia y Ageciras. La situación geográfica del
ribat isleño no sería extraña a estos cuatro centros. En este
hipotético caso, el castillo vendría a continuar sus tradicionales
funciones de ribat islámico, sólo que ahora ocupado por
monjes-guerreros cristianos para los que fue tarea importante medir
el tiempo que debían dedicar a su Dios.
Desde que el hombre
tuvo conciencia del tiempo, y de su relación con la muerte, lo
estudió. Y muy pronto comprendió que la periodicidad de los
movimientos solares y lunares era una buena forma para medirlo. Tal
vez no lo supieron entonces, pero la medida del tiempo fue el primer
paso del hombre hacia la ciencia empírica, es decir, el primer paso
para escapar de la superstición. Hace tres mil quinientos años, en
tiempos de Tutmosis III, los egipcios ya usaron la sombra de
obeliscos para marcar el inicio de las estaciones agrícolas y
también construyeron relojes solares. Pero fueron los griegos los
que, observando las sombras de un gnomon (bastón en griego) sobre el
suelo, desarrollaron una ciencia, la Gnomónica, que llegó a ser
capaz de calcular la circunferencia de la Tierra (Eratóstenes, 259
a.n.e)
El carácter práctico de los romanos difundió las
técnicas para la fabricación de relojes de sol por todo el imperio,
pero la edad oscura que sobrevino con su caída hizo que se olvidara
la ciencia para su fabricación. Como ya se ha indicado, a partir del
siglo VII los monjes benedictinos contribuyeron a recuperar el
conocimiento y a difundirlo por toda la Edad Media y Moderna. Sin
embargo, entre los siglos VIII al XIV, fue el mundo islámico, libre
de las cortapisas dogmáticas del occidente cristiano, el que
desarrolló profundamente las matemáticas y la astronomía. Y,
paralelamente, también impulsados por el deseo de marcar
correctamente sus rezos periódicos a Alá, nos aportaron una
estimable Gnomónica. La máxima difusión de los relojes de sol
ocurrió en occidente en los siglos XV y XVI.
No es
infrecuente encontrar varios relojes solares en una misma
edificación. Pero eso suele ocurrir cuando las orientaciones son
tales que los cuadrantes se complementan entre sí para medir todas
las horas diurnas. Sin embargo, en el viejo ribat, la existencia de
tres relojes en un mismo torreón es una redundancia que nos habla de
un lugar notable.
El trabajo de orientar a Este y Oeste los
resaltes fue un ejercicio técnico muy preciso y, posteriormente, el
trazado de los tres relojes solares fue una tarea que escasas
personas eran capaces de calcular y realizar, generalmente clérigos
que aprendían Gnomónica en conventos, y que, en su inmensa mayoría,
han permanecido en el anonimato. Más tarde, en el XVIII, siglo de la
razón, el conocimiento desbordó los conventos y aparecieron los
maestros cuadranteros, capaces de calcular las señales horarias para
cualquier orientación y latitud.
Poco más podemos añadir. Lo
que el desconocido clérigo (tal vez maestro cuadrantero) nos ha
dejado en el ribat isleño es una extraña singularidad que, me atrevo
a asegurar, desconocen los estudiosos de la Gnomónica y que los
rastreadores de viejos cuadrantes solares aún no han encontrado. Hoy
día cada reloj solar que ha logrado sobrevivir a los tiempos es una
auténtica rareza cultural e histórica que ilumina las fachadas de
iglesias, castillos y monasterios.
Los tres relojes del
Castillo de San Romualdo son un privilegio que nos obliga a
recuperarlos y conservarlos para otras generaciones. Estas joyas del
pasado isleño pueden y deben reconstruirse al mismo tiempo que todo
el Castillo... fue la voluntad de unos hombres que vivieron en esta
Isla antes que nosotros. |
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