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El cuento del alquimista y la bruja...
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Hace ya mucho tiempo... –o tal vez ocurrió en un futuro lejano, que nadie lo ha podido asegurar– en el discreto mundo de los secretos inconfesables, hubo una burbuja de sueños.

Ese discreto mundo de los secretos podía existir entre algunos seres humanos... si, eran seres de carne y huesos que se llamaban a sí mismos homo sapiens porque se creían sabios... pero, desgraciadamente para ellos,  no lo eran tanto porque al final solían caminar sin sueños, sin levantar los ojos, mirando el asfalto donde antes tenían playas y praderas... y así no sabían ver la copa del sauce llorón que crecía junto al arroyo, ni las estrellas del cielo, ni el sol –rojo y gordo– del ocaso, ni siquiera veían la luna en creciente... No, lo seres humanos no debían ser muy sabios, pero... al menos algunos supieron inventar secretos inconfesables para escapar del mundo real que tenían... un mundo de horarios fijos y de cosas que se apreciaban sólo si su valor material era elevado. Un extraño mundo era ese mundo real de los sapiens... si.

Y entre los secretos inconfesables creció esa burbuja de sueños. Allí vivían  un alquimista de sueños y una bruja de humo y luz. No se podían ver, ni oírse, ni siquiera tocarse... porque en el mundo de los sueños esas cosas no pasan. El alquimista de sueños y la bruja de humo y luz sólo podían soñarse cuando escapaban del mundo real... y cuando soñaban viajaban bajo el sauce llorón que los acunaba, fresco y verde, en el recodo de un arroyo de aguas que parecían cantar... incluso tenía su rana. Y la bruja, convertida en burbujitas de luz que revoloteaban por encima de su cabeza, acompañaba al alquimista cuando vivía en el mundo real de retortas... y así, ese mundo era mejor. Y cuando la brujita volvía al mundo real, al de los seres humanos, se convertía en una peligrosa mujer... y el alquimista la acompañaba convertido en holograma para cuidarla. Y así el mundo real de los hombres se fue poblando de algunos sueños.

La brujita decía un extraño sortilegio que nadie podía entender –juaassss jomio enga ya, amos que, einsss–. Palabras que encerraban una poderosa magia y que lograron encandilar al alquimista de sueños... y entonces, el alquimista, tomó entre sus manos un vulgar canto rodado del riachuelo del sauce, y con artes ocultas y poderosas ensoñaciones, lo convirtió en la piedra filosofal capaz de convertir los sueños en realidad...

...y así fue como un día, el alquimista de sueños y la bruja de humo y luz, salieron de la burbuja, esa que vivía en el discreto mundo de los secretos inconfesables de los hombres... y se vieron en el mundo real, y el alquimista dijo sus extrañas palabras, que también él las decía:

“Recibirás elongada burbuja de cristal”
“Albo es su corazón, y negra su razón”
“De fuego es su alma, más no oses arrimar el de la pasión...”

Y entonces surgió una llamarada de humo y luz... y la brujita de humo y luz se convirtió en una bella mujer de carne y huesos. Y entonces el alquimista pudo retirarle el flequillo de los ojos y ella le dijo con su voz saltarina:

“Al fin y al cabo, ¿qué es, señora, un beso? Un juramento hecho de cerca; un subrayado de color de rosa que al verbo amar añaden un secreto que confunde el oído con la boca; una declaración que se confirma; una oferta que el labio corrobora; un instante que tiene algo de eterno y que pasa como abeja rumorosa; una comunión sellada encima del cáliz de una flor; sublime forma de saborear el alma a flor de labio y aspirar del amor todo el aroma”

Creo que entonces fue cuando se besaron... eso dicen, pero nadie lo ha visto.

(Continuará... suponemos)


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