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EL TREMOLINO La Olla. Así se llama el bajo junto al que cada noche sin luna fondeo al “Tremolino”, que así se llama mi barco. Nos entendemos bien. Él y yo. Desde aquí, y tras la tensa espera, enfilaré – como siempre – hacia el bajo de El Banquete. A tientas, sin prender un solo fanal a bordo. Lo que tampoco tiene tanto mérito, bien mirado. Hace mucho tiempo que perdí la cuenta de cuántas noches sin luna habían sido testigo mudo de mis dudosas proezas... Y, mientras doy proa al segundo bajo, voy dejando por la popa del “Tremolino” la impresionante mole del Castillo de San Sebastián. Bendito faro, que siempre guió mis regresos rozando el alba. ¡Qué bien puesto tiene el nombre mi barco!: “Tremolino”. Sería incapaz de encontrar otro nombre tan apropiado para el estado de mi alma estas noches sin luna, en las que un puñado de hombres se juegan la libertad por unos cientos de reales. La verdad es que yo no bauticé al barco. Puede decirse que se bautizó solo. Tiene el nombre prestado de otro, que contrabandeó la escarpada Costa Brava y que naufragó a manos de su patrón en un intento desesperado de no ser apresado. Vendió cara su vida. Aunque nada de eso habría ocurrido si no hubiese mediado la conspiración de un pusilánime traidor... Todo ello, recuerdo indeleble de mi padre. Esta y otras historias de igual talante. Y es que leía mucho. E inventaba otro tanto. Y a mí me fascinaba oírlo hablar de todas esas cosas, que le hacían bullir el alma de emoción aún cuando jamás había puesto el pie sobre las tablas de ningún barco, ni había saturado sus pulmones con el olor de la brea. Precisamente el brillo de sus ojos, la tensión de los músculos al narrar sus anhelos, me arrastraron sin remedio al mar. Quería vivir por él y por mí mismo sus hazañas, leídas o inventadas, qué importaba. Pero, cuando el Levante pega fuerte allá afuera, o cuando el Norte te cala los huesos hasta el mismo tuétano, uno se plantea muchas cosas. ¿Puede llamarse vida a este trémolo incesante? ¿Volveré a ver la luz del bendito sol tras otra noche sin luna? El caso es que ya es tarde, irremediablemente tarde. Estoy atado sin misericordia a mi – vieja ya – condición de contrabandista, aunque deteste tal calificación. Todo pasó como pasan estas cosas; casi sin darme cuenta. Empecé a costear la Bahía hace ya mucho tiempo. Primero, el cabotaje, sin perder de vista la costa. Guiándote por los accidentes de la misma y aprendiendo a dar resguardo a los bajos asesinos que poseen todas las costas que se precien de tales. Así es como aprendí a navegar hasta el famoso Islote de Sancti Petri, a través del caño del mismo nombre, entrando desde el puente Zuazo, el de la Isla de León (aquel donde detuvimos el avance del francés...) Luego pasas a navegar de altura. Tras tantas noches en el mar, con la única luz de los fanales del castillo de popa, aprendes a distinguir las estrellas y el sextante te enseña el camino a seguir en las largas singladuras de ultramar. Son muchos los cuartos de guardia que pasas haciendo cálculos hasta adquirir la destreza necesaria para enfrentarte victorioso con las cartas de marear. Y así fue como descubrí el Estrecho. El norte de África me atrajo sin misericordia y pasé mucho tiempo navegando entre falúas y velas con la Media Luna por estandarte. Gente distinguida estos hijos de Alá que surcaban el Mediterráneo y que nos llevaron – tiempo atrás – singular ventaja en el arte de navegar. Luego, todo aquello se esfumó. Vino la guerra. El francés invadió España y hubo que pelear muy duro para no dejarles poner el pie en Cádiz. Todos los hombres eran pocos para luchar contra el invasor. Y mi familia lo perdió todo. Otros – con peor suerte – hasta la vida. Y fue entonces cuando tuve que dedicarme al contrabando, haciendo aquello que era lo único que sabía hacer bien en esta vida: navegar Cádiz... Gracias a un golpe de suerte me hice con el “Tremolino”. Desde entonces, no nos hemos separado. Nos conocemos bien. Él y yo. Son ya muchos años viviendo y asumiendo juntos los sobresaltos de esta vida perra que, sin embargo – y dispénsenme la licencia – adoro. Es el del contrabando un mundo cerrado, hermético. Como el de los antiguos Hermanos de la Costa... Nos respetamos y ayudamos intentando mantener en jaque a los carabineros. Nuestra consigna es morir antes que perder la libertad. Es esa la mayor, la única recompensa. La libertad absoluta que rige todas mis acciones. De las que no debo dar cuenta ante ningún tribunal de este mundo... Es curioso cómo se puede divagar a bordo del “Tremolino” mientras la madrugada va pasando y otra noche de luna nueva me ofrece la posibilidad de tentar – una vez más – mi destino. A esta hora, ya está todo hecho. La mercancía, entregada. Es momento de enfilar hacia el faro del castillo de San Sebastián, antes de que la aurora nos sorprenda fuera de nuestro abrigo. Por la banda de babor dejo Laja Herrera. Me espera una corta singladura hasta el fondeadero de La Caleta. De pronto, una luz. Miro hacia babor y se recorta a poco más de media milla la silueta del falucho de los carabineros. Me estaban esperando a mí. Lo sé. Llevarían ya algunas horas apostados en el Islote de Las Puercas esperando pacientemente. Sacando brillo a sus mosquetones y bombardas... ¿un “soplo” quizás? Sólo Dios lo sabe. Y comienza la cacería... ¡Perra vida! Sopla un levante suave. Demasiado suave. Recibo el viento por la aleta de estribor y corrijo el rumbo pidiendo a Eolo que me favorezca con un poco más de viento. Es todo lo que necesito. El falucho que me persigue corrige el rumbo a su vez y se lanza en veloz persecución. Lo mejor es ir zigzagueando, intentando ganar distancia en cada virada. Pero cada vez es menor el trecho que nos separa. Con poco viento el falucho es más velero que mi querido “Tremolino”, que necesita vientos más duros para desplegar toda su bravura... Así nos mantuvimos, jugando a un macabro juego del gato y el ratón, durante más de una hora, mas ambos sabíamos que el desenlace tardaría poco en llegar. Agotadas el resto de alternativas, sólo me quedaba vender cara mi vida. Debía atraer el falucho de los carabineros hacia aguas someras, donde intentar hacerlos embarrancar en alguno de los múltiples arrecifes que jalonan la entrada de La Caleta. Pero, cuando las cartas vienen mal dadas, uno sólo puede poner cara de farol y aguantar el temporal. Y aquélla no era mi noche... Un mal cálculo – no podía ser de otro modo – fruto de la angustiosa y desesperada situación, me hizo caer en mi propia trampa. Ya era demasiado tarde para intentar rectificar la caña del timón cuando un espumerío hirviente me delató unos bajos demasiado cercanos. El tiempo justo de saltar e intentar salvar la vida, a la vez que sientes que la pierdes cuando ves a tu barco, herido de muerte, exhalar su último suspiro y entregar la vida. Pobre “Tremolino”. Mi “Tremolino”. Nos queríamos bien. Él y yo. Lo que siguió después es muy confuso. Ganar a nado la costa no fue sencillo, aunque la rabia por la inminente pérdida me dotó de unas fuerzas que – con la vejez – se me antojan sobrehumanas. En un alarde de la caridad cristiana que estos reverendos frailes practican, encontré el asilo que me libró de un ajusticiamiento seguro frente a los tinglados del puerto, en la plaza de San Juan de Dios, para público escarmiento. Y precisamente ahora, cuando la edad extiende una pátina sobre los recuerdos de toda una vida, evoco aquella maldita noche con total nitidez. No puedo por menos que admirar la macabra jugarreta del destino. Ese destino – al que tantas veces reté en inconsciente alarde – convino el mismo final para dos barcos que, aunque bautizamos con el mismo nombre, se diferenciaban tantísimo. El uno, alentó la imaginación de un soñador. El otro, se portó como un verdadero amigo, demostrando una fidelidad muy superior a la de la corrompida especie humana. Ese destino que – aún no sé si para fortuna o desventura – me ha mantenido tantos años con vida haciendo que día tras día me repita una sola pregunta. La de si esa maldita noche debí salvarme o merecería haber muerto vendiendo tan cara mi vida como lo hizo, a su manera, mi barco. El “Tremolino”. Enrique García Luque
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