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“EL CASO DE MAURO” Aquello no era nuevo en él. Aunque Mauro estuviera matriculado en Bellas Artes, no sabía qué deseaba hacer con su vida. Su indecisión característica. Eran ya demasiados años junto a él como para no conocerlo. Aún recuerdo el día que apareció en clase, hace ya mucho tiempo, cuando críos, en el colegio en el que yo estudiaba. Tendríamos seis o siete años y venía de Córdoba a vivir con sus tíos, puesto que su madre había muerto y su padre lo mandó a que se criara con una hermana suya que vivía en Cádiz. No tardamos en hacernos amigos. Pero de eso hace ya algo más de quince años. Le comenté que lo más probable era que, al terminar la licenciatura, me encerraría a opositar, como los valientes. A él, la idea de opositar, tampoco le disgustaba demasiado. De sacarse unas oposiciones, accedería a un puesto fijo -“un sueldo Nescafé”, como él lo llamaba- trabajando además en algo que le gustaba. Lo vio clarísimo: quería trabajar en Córdoba, donde había nacido y de la que guardaba demasiados pocos recuerdos: los únicos que lo ligaban a su madre. Ahora recuerdo nítidamente cuando buscamos juntos en la guía el teléfono del Museo Arqueológico de Córdoba donde se disponía a llamar para averiguar si había vacantes de restaurador o conservador. Tras marcar y esperar tres o cuatro timbrazos logró comunicar con el bedel que atendía el teléfono. A la pregunta de si tenían vacantes en el mismo, el conserje le contestó que por supuesto y que además eran bastantes envidiadas en el resto de España. Así que decidió que, tras aquel verano, se iría a Córdoba a terminar Bellas Artes y, de paso, empezar a prepararse las oposiciones que le permitirían trabajar en su añorada ciudad natal. Me dijo que esa misma semana daría un salto a Córdoba para enterarse in situ de lo de las vacantes y que iniciaría las gestiones para trasladar su matrícula. No puedo olvidar cuando volví a verlo al regresar de su viaje. No era el Mauro de siempre, traía un brillito extraño en los ojos. Al preguntarle por el éxito de su “misión” en Córdoba se rió de una forma rara. Cuando llegó al Museo Arqueológico, se presentó al bedel con el que había hablado por teléfono. Al identificarse como el que había llamado preguntando por las vacantes, el conserje, muy ufano, lo acompañó hasta una de las salas del Museo, concretamente una de las que está destinada a exhibir piezas de la época romana. A Mauro se le desencajó el rostro cuando descubrió que había viajado a Córdoba simplemente para confirmar que su museo cuenta con una interesante colección de Bacantes. El bedel, en todo momento, había estado pensando en las bacantes que allí se exhiben; en la colección de rostros femeninos que representan a las novias de Baco, ese dios romano tan promiscuo. La mitología cuenta cómo lo acompañaban, cargadas de sensualidad, en la celebración de las famosas bacanales. Tras el chasco por el malentendido y después de disculpar afablemente al turbado bedel, decidió que, ya que estaba allí, visitaría el museo. Empezó por la sala en la que se encontraba. No había dejado de pensar en la curiosa confusión que le había llevado hasta aquel lugar a la vez que miraba distraído todos los rostros femeninos insinuantes que cortejaban a Baco en sus excesos míticos. Y, de pronto, la vio. En un extremo de la vitrina se destacaba su rostro esculpido en un mármol blanco, casi transparente. Era muy joven, y muy bella. Analizando todo lo que pasó posteriormente, yo diría que fue amor a primera vista. El caso es que Mauro volvió transfigurado de aquel viaje. Ya sólo hablaba de volver a Córdoba, de acabar allí la carrera aunque no hubiera plazas vacantes que cubrir por oposición. Recuerdo que sus conversaciones se poblaron de comentarios sobre aquella ninfa que lo tenía como loco. No hablaba de otra cosa. Cada vez nos Cuando me llamaron de la policía, me interrogaron en calidad de buen amigo de Mauro, a ver si podía facilitarles alguna pista sobre su paradero, puesto que llevaba varias semanas desaparecido. Les comenté que hacía tiempo que habíamos perdido todo contacto. Fui a Córdoba y me permitieron visitar el piso que tenía alquilado en la Judería, muy cerca del Museo Arqueológico. En aquel piso hacía un frío glacial, casi pétreo. Las paredes estaban plagadas de fotografías, bocetos, apuntes de su bacante. No había nada más. Decidí alargarme al museo, quería sentir lo que él sentía cada vez que lo visitaba. Fácilmente di con la sala que me interesaba. Ya me iba de allí cuando me fijé detenidamente en el impresionante dios Baco que está en el centro del expositor
Enrique García Luque
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