El 17 de Noviembre de hace ocho años moría Fernando Quiñones. Coincidimos en Cádiz sus últimos seis años, en los que no tuve la suerte de hablar con él jamás, puesto que aún no había descubierto su obra. Tras su muerte, empecé a leerlo. Y comencé a ser consciente de lo que habíamos perdido. Cuánto me habría gustado poder charlar con él, un par de horas siquiera, para preguntarle por un millón de cosas que pueblan su “universo”, que hoy considero un poco mío también...
... me habría encantado preguntarle si, ciertamente, un día, aprovechando el descuido de los guardas del Museo, besó en los labios a la Dama de Cádiz bajo la luz de un crepúsculo meloso. Imagino el momento solemne en el que se inclinaría, cerrando los ojos, con veneración y miedo sobre la Dama. Como en un desposorio con el Tiempo; ese Tiempo que le obsesionó toda su vida. Y yo le contaría que, mientras que él había besado a la Dama a hurtadillas y se había turbado al pétreo contacto de sus labios, yo la había besado estando ella viva, palpitante.
También le preguntaría el por qué de Joaquín Quintana, qué extraños resortes, si es que existían, le habían conducido a elegir ese nombre para nombrar a su alter ego. Y que cuánto de verdad había en esos retazos de su vida que se asoman a cada trecho de El Coro a dos voces ¿Quién sería realmente esa Nardi, ese retrato antiguo de la que estuvo enamorado en su juventud, cuando aún trabajaba en el muelle del pescao? Aunque, a lo mejor, esto último me lo callaría para poder imaginarla como la imagino desde que leí su historia.
Y le preguntaría también si en alguna de las siete vidas que vivió en una sola, como él mismo decía, tuvo la fortuna (buena o mala) de ser Juan Cantueso, el pirata jamaiquino y veneciano de su mejor novela.
Hablaría con él de Flamenco, de Toros, de Mujeres. Y de si es verdad que Miguel Pantalón existió y que murió en una caseta de la feria de El Puerto con un puñao de tierra en una mano bien cerrada, como el que aprieta el diamante de la India.
Como decían los romanos, que la tierra te sea leve. Un abrazo, Fernando.
Enrique García Luque
|